AUGUSTO

Conociendo al emperador Augusto

6 min. de lectura

 

¿Y si hubiéramos podido conocer personalmente al emperador Augusto?¿Cómo hubiera sido nuestro encuentro y cual nuestra primera impresión?

 

Sin lugar a dudas su mirada nos habría envuelto al instante en lo más profundo de su personalidad, su sobresaliente inteligencia.

Autoritario, astuto, culto, despiadado, calculador, tenaz, oportunista, falto de escrúpulos, propagandista político y ante todo pragmático; adjetivos que definen al hombre cuyo rostro podemos contemplar hoy “casi vivo” a pesar de llevar más de dos mil años muerto.

 

Hagamos un viaje al pasado y trasladémonos a la Roma de Augusto en algún momento cotidiano de sus quehaceres diarios. Hoy, es un día muy importante ya que un amigo de la familia nos ha conseguido una invitación para asistir a una cena, cuyo anfitrión es nada más y nada menos que el propio emperador Octavio Augusto.

 

Un leve resbalón con una nuez perdida en el suelo, sirve para recordarnos, cómo en la inauguración del teatro Marcelo mientras presidía los juegos, cayó boca arriba delante del todo el público al desencolarse las tablas de su silla curul. Una fácil carcajada se nos escapa pero rápidamente la tapamos con la mano mientras sentimos su inquietante y seria mirada sobre nosotros. Es imposible saber qué está pensando, pero nuestro risueño gesto se nos corta al momento.

No debemos entrar en conversaciones que puedan ponernos en una situación complicada. Seremos neutrales con nuestras palabras y no olvidaremos que el hombre que tenemos delante nuestra puede hacernos bien o mandar degollarnos con un solo gesto. Así que seamos cautos, respetuosos y halagadores, que vea en nosotros nuestra admiración.Al llegar a su casa en el monte Palatino sorprende ver que prescinde de extravagantes lujos más allá de los que cualquier aristócrata romano pudiera tener. Tras cruzar el atrio y atravesar las marmoreas columnatas del peristilo que circunda un hermoso jardín, nos saluda majestuoso. Se encontraba jugando con varios niños al juego de las nueces, tirando una contra un montoncito de ellas; Una imagen familiar que debería rebajar nuestra tensión, pero imposible al recordar que este hombre con tan solo 19 años, se hizo nombrar cónsul de Roma por la fuerza tras amenazar a los senadores.

 

 

El temblor y el sudor nos recorre cada parte de nuestro cuerpo pero no podemos estar callados, algo hay que decir. Casi no nos sale la voz. No nos sentimos nada cómodos pero no podemos mostrar indiferencia. ¡Una partida rápida a los dados es la solución! su juego favorito. Un dado se nos cae al suelo y al recogerlo vemos algunas gotas de sangre ya secas. Alguien olvidó limpiar bien las pruebas de uno de tantos banquetes allí celebrados. ¡No te preocupes! -dijo Augusto- Aquellas gotas eran la prueba de la flagelación sufrida por un actor cuyo descaro irritó sobremanera al emperador. A aquella tortura invitó a todo aquel que quisiera verla. Con tanto poder nos preguntamos si serían ciertos los rumores de que adora desflorar a jovencitas vírgenes. Parece poco probable pero nunca lo sabremos.

 

Lo que si es evidente, que todo y cuanto pensó e hizo, iba dirigido a obtener el poder supremo, no dudando en cambiar de lealtades políticas cuando la situación lo requería. Revolucionario o no, transformó poco a poco la antigua república romana por una enmascarada y autoritaria monarquía, acumulando títulos y siempre apoyado en el inmenso poder militar que le proporcionaban los ejércitos.

 

Tras cuarenta años de mandato Octavio Augusto moría a los setenta y seis años de edad. Un hombre con gran valor y astucia que luchó por su derecho a recibir la herencia de su pariente Julio César y con ésta, el compromiso y la obligación de aceptar el poder con todo lo que ello conllevaba. Poder, con el que hábilmente supo elegir los diferentes papeles que a lo largo de su vida necesitaba adoptar dependiendo de las necesidades del momento. Siendo servil y educado de niño; ambicioso, vengativo y despiadado en su madurez y moderado, religioso, familiar y ejemplar en su vejez. Sus últimas palabras dirigidas a sus amigos antes de morir no fueron otras que las mismas utilizadas al término de las funciones de teatro “¿Os ha parecido que he interpretado bien mi papel en esta comedia de la vida?” “¡Si os ha agradado, aplaudid con alegría en nuestro honor!”

Sentados ya en el triclinio, Augusto nos dice que no podrá prestarnos mucho tiempo pues debe trabajar en asuntos de estado repasando informes hasta bien entrada la madrugada, con una leve sonrisa añade que sin embargo odia madrugar. Su semblante es el de alguien tranquilo y sereno. Poco a poco nos vemos inmersos en una incómoda atmósfera que nos muestra lo vulnerables que somos al ver el control que ejerce sobre nosotros. No hay banquete, comemos lo que él come. En la mesa apenas un poco de pan, queso de vaca y pequeños pescados, pero sobre todo higos, le encantan. Un sorbo de vino es suficiente para calmar su sed. Tras ofrecer servirnos cuanto queramos, comparte con nosotros algunos versos libres que está escribiendo para que le demos nuestra opinión. No cabe duda de lo que hay que contestar.

 

Nos deleita con conversaciones sobre historia Griega amenizando la velada. Es un gran conocedor del mundo Helenístico y aunque no habla griego con soltura, denota una gran erudición y cultura. Una cama en el jardín nos hace pensar que le encanta dormir al raso en las noches de verano y cuando se da cuenta de lo que estamos viendo, nos lo confirma, señalando que por el contrario en invierno es muy friolero y siempre lleva hasta cuatro túnicas, una camisa interior y envuelto en una robusta toga de lana.

 

De repente la conversación se torna hacia la política. Entre pequeñas risas comenta algunas historias como cuando decapitó a Marco Bruto- el asesino de Julio César- y mando la cabeza a Roma para ponerla a los pies de su estatua. O cuando tras ganar la batalla de Filipos- en cuanto a los vencidos- obligó a jugarse a suerte la vida entre un padre y su hijo, para posteriormente acabar con la vida del padre y el suicidio del hijo. Más cruel es el recuerdo de cuando saqueó la ciudad de Perugia, donde los vencidos le pedían clemencia y él simplemente les interrumpía diciéndoles con absoluta frialdad “tenéis que morir”.

¡Síguenos en Facebook y entérate de las novedades antes que nadie!

Contacto:

contacto@cesaresderoma.com

Copyright Césares de Roma. Todos los derechos reservados